Tiré mi corazón al azar y me lo ganó la
lectura.
Carlos Monsiváis
Algo extraño
está sucediendo con la lectura, cada vez son menos las personas que deciden
aventurarse a leer, sin embargo este problemas no es actual, en el pasado
tampoco se leía mucho. Con lo anterior surge una pregunta que roba el sueño de
muchos y da un golpe en el orgullo a otros: ¿por qué se lee?
Cualquiera que sea el motivo para acercarse a la lectura, todos coincidimos que su acercamiento se debió a un método escolarizado
impartido por parte de los profesores, me refiero al método de memorización, llevando al lector a una amnesia de lo jamás aprendido, volviéndola un acto únicamente de compromiso.
Con lo
anterior, sólo se puede ver a los profesores como culpables de una aproximación obligada a
la lectura. Debido a que el salario no les alcanza deciden enseñar
a medias y se rehúsan transmitir lo que poseen. Sé que generalizo, sé que no generalizo. Al
tema, siempre que aparece, lo acompaña la solución: formar a los lectores desde
la niñez. Pero, en la práctica, la apatía es notoria y es la minoría previsible
la que lee desde siempre.[1]
Sin
embargo Carlos Mosiváis en su texto Elogio (innecesario) de los libros, no culpa solamente a los profesores de que cada vez sean
menos los lectores. Por un lado el desinterés del gobierno con sus fallidas
campañas de alfabetización, donde los políticos no se dan un tiempo en su
agenda apretada para leer, ya sea porque
no han desempacado aún sus libros desde hace 8 años (¿verdad? Carlos Medina Plascencia).
Por otro lado se encuentra la falta de hábito social y familiar de la lectura y por último la superioridad de los letrados aquellos que “veneran los libros” como
un acto de elitismo, discriminando a los que aún desconocen el placer de la lectura. La crítica de su fetichismo y presunción es la incapacidad de lograr que el pueblo lea.
Ante
esto ¿a quién culpamos? Podemos acusar a la televisión y a su universo
de imágenes, las cuales sólo se ha dedicado a desplazar a la lectura, llevando a una paradoja: no hay tiempo
de leer, pero sí para estar cinco minutos frente al televisor. Si se trata de buscar un culpable ante este
extraño sucesos del hábito de leer, también entra el aspecto económico y sus impuestos innecesarios a los libros, volviéndolos inaccesibles a un
determinado sector de la población. A esto se le suman las avasalladoras
editoriales que devoran a las pequeñas con sus denominados “Bets seller”.
Con lo
anterior, sólo queda darle la razón a Jaime Lebastida, director de Siglo
XXI cuando dice: «Lo que hace falta no son campañas de promoción de la lectura,
ni que los libros tengan mejores precios, ni tampoco que existan más bibliotecas
y librerías. No necesitamos este tipo de estímulos porque los estímulos son
mentales. Cuando hay verdadero interés, la actividad de la lectura se
desarrolla por sí misma» (El Universal, 28 de diciembre de 1992).
A esto
se le suma, la idea de Monsiváis, al ver a la lectura como "un acto personal", un
rango nada
menospreciable de los placeres de la subjetividad, donde sólo se lee por el deleite de transmitir una moraleja, como una estructura personal del
conocimiento, la cual no le teme al rechazo
previo al no ser el tema de moda.
Bibliografía: Monsiváis, Carlos, El elogio innecesario de los libros, Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, México, 2004, 12p.
[1] Monsiváis, Carlos, El elogio (innecesario) de los libros, Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, México, 2004, p.9.


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