La historia se conforma de
hechos, palabras, y sobre todo de seres humanos. Conforme pasan los días y las noches los relatos se acumulan, construyendo la vida cotidiana de lo que hoy conocemos
cómo la Ciudad de México. Son recuerdos que
quisiéramos que traspasarán la barrera del tiempo y burlasen a la muerte: La memoria cumple con ese anhelo, al convertir en inmortal al ser humano, protegiéndolo de su final eminente y del olvido.
Sin embargo el tiempo ha
demostrado ser el peor de los verdugos. Con 8, 851 millones de habitantes que
transitan esta “ajetreada” capital: algunos con trajes elegantes, maletines y celulares, se abren paso entre la multitud,
olvidándose de su pasado, mirando hacia el futuro y aparentando vivir el
presente. Victimas de su mayor temor: la perdida de la memoria, volviéndolos simples mortales.
A pesar de dejar testimonios, en
lo que es una de sus mayores creaciones: la ciudad; el hombre se ha encargado
de borrar su pasado de muchas maneras: ya sea por razones estéticas o
ideológicas. Por el lejano periodo en
que los aztecas se volvieron el imperio más poderoso del valle de México,
Tlacaélel mando quemar crónicas y archivos esto con la finalidad de crear su propia
historia conforme a su nuevo poderío.
Bajo esta visión, diferentes
edificaciones sucumbieron ante los caprichosos gobernantes, quienes cambiaron nombres legendarios de calles por supuestos héroes
marcados en los libros de textos gratuito o por repúblicas que reconocieron su mandato.
Las construcciones, que en un tiempo prometieron durar siglos y en su momento
fueron importantes, han sido modificadas: todo con el único fin de progresar
hacia la modernización.
Pero no todo está perdido, a pesar
de que la ciudad de México ha sido azotado con el látigo del pasar de los años,
ha sobrevivido: el resultado es la convivencia, en un solo sitio, de las distintas fases históricas. Desde la cultura prehispánica, edificios
coloniales del siglo XIX, hasta los
últimos cambios del siglo XX, han ido llenado
de riquezas algunos rincones.
Ejemplo de ello es el Palacio de Minería, ubicado en Tacuba 5 (Plaza Manuel Tolsá), colonia
Centro. Es una de las obras maestras del
neoclasicismo del siglo XVIII. Edificado por el escultor y arquitecto
valenciano Manuel Tolsá, fue recinto de
especialista en la técnica de minas desde 1813.
Se convirtió en refugio de tropas, espacio del poder Legislativo hasta
convertirse en el patrimonio de la Universidad Nacional Autónoma de México
(UNAM).
Es el reflejo de un ideal ilustrado que busca alcanzar el
conocimiento, el cual ambiciona transformar
la realidad a través de la ciencia. A pesar del deterioro de los años y
sus inaplazables restauraciones llevadas a cabo por aquellos académicos de la
Facultad de Ingeniería a quienes vio crecer en sus aulas, sin duda alguna, se
convierte en el sitio ideal para llevar
acabo, desde 1980, la Feria Internacional del Libro que este año ha
llegado a su XXXV edición: volviéndose en el lugar indicado para el recuentro entre
el pasado y el presente.
Con la imagen del mítico
luchador Blue Demon, el cual representa el amor a la forma y revela el culto de toda una tradición: él enmascarado sostiene un libro que
invita al fomento de la lectura, integrándose a la campaña “Leer es estar
vivo”; la Feria Internacional del Libro
da la más fervientes de las bienvenidas
al público, quien por 15 pesos aguardan entrar al recinto. Una vez adentro,
se puede deleitar la pupila con el
mosaico de colores que ofrecen los
libros, pertenecientes a las más de 600 editoriales y de las actividades en el pabellón por parte del Estado invitado: Morelos.
Con 201 años de edad, del 19 de
febrero al 3 de marzo se convierte en una
auténtica y majestuosa máquina del tiempo: con sus exactas proporciones las cuales conjugan luz, espacio y
funcionalidad revive, a través de sus inmediaciones donde se realizan los programas para fomentar la lectura, los
nombres de quiénes después de la muerte se
volvieron inmortales gracias a sus obras: José Emilio Pacheco, Octavio Paz,
Federico Campbell, Carlos Fuentes, Álvaro Mutis, entre otros. Son autores cuyos libros y retratos predominan en los anaqueles de
las distintas editoriales, dando la sensación de jamás haber partido a ese
largo viaje del cual no hay retorno.
Los gustos son diversos: desde el
libro que engancho a toda una generación juvenil, el cual habla de los
gloriosos años 40 de la Ciudad de México, de una transición económica, de la fabulosa colonia Roma y de un
amor imposible e infantil por parte del
protagonista Carlos o Carlitos, cuyo juego predilecto eran las “Batallas en el desierto” que se libraban
en el recreo. Hasta toda una recopilación de filmes, el cual rinde tributo a los enmascarados que aclaman una lucha de dos a tres caídas sin límite de tiempo, donde el público, eufórico, grita el
Santo nombre del enmascarado de plata.
Con ello, la
memoria logra consolar al ser humano de su mayor temor: del olvido, de la
muerte. Recuperarla es reconstruir la historia, que de acuerdo a Luis Villoro, examina
las distintas partes que formaron su
entorno. Buscando expresar sus pensamientos, el cual consolidará los lazos
sociales o a la inversa, un pensamiento de ruptura y de cambio, que ante todo
afectara el presente de cada individuo y lo guardará en su memoria para crear
su propia identidad.
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