jueves, 17 de abril de 2014

Lugar de recuentro




La historia se conforma de hechos, palabras, y sobre todo de seres humanos. Conforme pasan  los días y las noches los relatos  se acumulan, construyendo  la vida cotidiana de lo que hoy conocemos cómo la Ciudad de México. Son  recuerdos que quisiéramos que traspasarán la barrera del tiempo y  burlasen  a la muerte: La memoria  cumple con ese anhelo,  al convertir en inmortal al ser humano, protegiéndolo de su final eminente y del olvido.

Sin embargo el tiempo ha demostrado ser el peor de los verdugos. Con 8, 851 millones de habitantes que transitan esta “ajetreada” capital: algunos con trajes elegantes, maletines  y celulares, se abren paso entre la multitud, olvidándose de su pasado, mirando hacia el futuro y aparentando vivir el presente. Victimas de su mayor temor: la perdida de la memoria, volviéndolos simples mortales.

A pesar de dejar testimonios, en lo que es una de sus mayores creaciones: la ciudad; el hombre se ha encargado de borrar su pasado de muchas maneras: ya sea por razones estéticas o ideológicas. Por el  lejano periodo en que los aztecas se volvieron el imperio más poderoso del valle de México, Tlacaélel mando quemar crónicas y archivos esto con la finalidad de crear su propia historia conforme a su nuevo poderío.

Bajo esta visión, diferentes edificaciones sucumbieron ante los caprichosos gobernantes, quienes cambiaron  nombres legendarios de calles por supuestos héroes marcados en los libros de textos gratuito o por repúblicas que reconocieron su mandato. Las construcciones, que en un tiempo prometieron durar siglos y en su momento fueron importantes, han sido modificadas: todo con el único fin de progresar hacia la modernización.

Pero no todo está perdido, a pesar de que la ciudad de México ha sido azotado con el látigo del pasar de los años, ha sobrevivido: el resultado es la convivencia, en un solo sitio, de las  distintas fases históricas.  Desde la cultura prehispánica, edificios coloniales del siglo XIX,  hasta los últimos cambios del siglo XX, han ido llenado de riquezas algunos rincones.

Ejemplo de ello es el   Palacio de Minería, ubicado en  Tacuba 5 (Plaza Manuel Tolsá), colonia Centro.  Es una de las obras maestras del neoclasicismo del siglo XVIII. Edificado por el escultor y arquitecto valenciano Manuel Tolsá, fue  recinto de especialista en la técnica de minas desde 1813.  Se convirtió en refugio de tropas, espacio del poder Legislativo hasta convertirse en el patrimonio de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).


Es el reflejo de un  ideal ilustrado que busca alcanzar el conocimiento, el cual ambiciona transformar  la realidad a través de la ciencia. A pesar del deterioro de los años y sus inaplazables restauraciones llevadas a cabo por aquellos académicos de la Facultad de Ingeniería a quienes vio crecer en sus aulas, sin duda alguna, se convierte en el sitio ideal  para llevar acabo, desde 1980, la Feria Internacional del Libro que este año ha llegado  a su XXXV edición: volviéndose  en el lugar indicado para el recuentro entre el pasado y el presente.

Con la imagen del mítico luchador  Blue Demon, el cual representa el amor a la forma y revela el culto de toda una tradición: él enmascarado sostiene un libro que invita al fomento de la lectura, integrándose a la campaña “Leer es estar vivo”;  la Feria Internacional del Libro da la más fervientes de las  bienvenidas al público, quien por 15 pesos aguardan entrar al recinto. Una vez adentro, se  puede deleitar la pupila con el mosaico de  colores que ofrecen los libros, pertenecientes a las más de 600 editoriales y de las actividades en el pabellón por parte del Estado invitado: Morelos.  


Con 201 años de edad, del 19 de febrero al 3 de marzo  se convierte en una auténtica y majestuosa máquina del tiempo: con sus exactas proporciones  las cuales conjugan luz, espacio y funcionalidad revive,  a través de  sus inmediaciones donde se realizan los programas para fomentar la lectura, los nombres de quiénes  después de la muerte se volvieron inmortales gracias a sus obras: José Emilio Pacheco, Octavio Paz, Federico Campbell, Carlos Fuentes, Álvaro Mutis, entre otros.  Son autores  cuyos libros y retratos predominan en los anaqueles de las distintas editoriales, dando la sensación de jamás haber partido a ese largo viaje del cual no hay retorno.



Los gustos son diversos: desde el libro que engancho a toda una generación juvenil, el cual habla de los gloriosos años 40 de la Ciudad de México, de una transición  económica, de la fabulosa colonia Roma y de un amor imposible e infantil  por parte del protagonista Carlos o Carlitos, cuyo juego predilecto eran  las “Batallas en el desierto” que se libraban en el recreo. Hasta toda una recopilación de filmes, el cual  rinde tributo a los enmascarados  que aclaman una lucha de dos a tres caídas sin límite de tiempo, donde el público, eufórico, grita el Santo nombre del enmascarado de plata.



Con ello, la memoria logra consolar al ser humano de su mayor temor: del olvido, de la muerte. Recuperarla es reconstruir la historia, que de acuerdo a Luis Villoro, examina las distintas partes que formaron  su entorno. Buscando expresar sus pensamientos, el cual consolidará los lazos sociales o a la inversa, un pensamiento de ruptura y de cambio, que ante todo afectara el presente de cada individuo y lo guardará en su memoria para crear su propia identidad.

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